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SECUOYAS, UNO DE LOS ÁRBOLES MÁS GRANDES Y LONGEVOS DEL PLANETA
Sequoiadendron giganteum: En una suave pendiente de la zona meridional de la Sierra Nevada californiana, a unos 2.100 metros sobre el nivel del mar y dominando un cruce de senderos del Parque Nacional de las Secuoyas, se yergue un árbol colosal.
Y son tan longevas porque han sobrevivido a todas las amenazas que podrían haber acabado con ellas. Su enorme fortaleza impide que el viento las tumbe. Los ácidos tánicos y otras sustancias químicas que bañan el duramen y la corteza las protegen de los hongos. Los escarabajos xilófagos apenas les hacen mella. Su gruesa corteza es ignífuga. De hecho, los incendios benefician a las poblaciones de secuoyas, ya que acaban con otros competidores y encima abren sus piñas, liberando unas semillas que consiguen arraigar gracias al sol y las fértiles cenizas. Los rayos dañan a los grandes ejemplares adultos, pero no suelen matarlos. Por todo ello, crecen en edad y tamaño milenio tras milenio.
Con las bendiciones y la autorización del Servicio de Parques Nacionales, se encaramaron al Presidente para medirlo. Las mediciones eran parte de un estudio más amplio, un proyecto de seguimiento a largo plazo de secuoyas gigantes y secuoyas de la costa llamado Redwoods and Climate Change Initiative (Iniciativa Secuoyas y Cambio Climático). Sillett y su equipo ataron una cuerda en el punto más alto del Presidente, a la que engancharon las cuerdas de escalada (con sistemas especiales para proteger el cámbium), se pusieron los arneses y los cascos y emprendieron el ascenso.
Midieron el tronco a diferentes alturas, las ramas y los nudos; contaron las piñas, y tomaron muestras con un taladro esterilizado. Luego introdujeron las cifras en modelos matemáticos basados en datos de otras secuoyas gigantes. Así llegaron a saber que el Presidente tiene por lo menos 1.530 metros cúbicos de madera y corteza, y que a sus aproximadamente 3.200 años sigue creciendo a buen ritmo. Continúa inhalando grandes cantidades de CO₂ e incorporando el carbono a su celulosa, hemicelulosa y lignina durante una estación de crecimiento interrumpida por un semestre de frío y nieve. No está mal tratándose de un abuelo.
Eso es lo más interesante de las secuoyas, me dijo Sillett. «Durante la mitad del año, la parte aérea no crece. Los árboles están envueltos en nieve.» Superan en crecimiento a su pariente de más tamaño, la secuoya de la costa, aun teniendo una temporada de crecimiento más corta.
Tiene todo el sentido del mundo, por lo tanto, que Michael (Nick) Nichols haya retratado al Presidente nevado. Nick y Jim Campbell Spickle, escalador experto, idearon un plan. Con un equipo de ayudantes y escaladores, visitaron la secuoya a mediados de febrero, cuando las máquinas quitanieves acumulaban en las cunetas 3,50 metros de nieve. Montaron un sistema de cuerdas en el Presidente y en otro gran ejemplar cercano, tanto para trepar como para subir las cámaras. Aguardaron a que cambiase el tiempo: cielo despejado, aguanieve, niebla y por fin, de nuevo, la nieve, el momento perfecto. Hicieron la fotografía. (En realidad tomaron muchas fotos, que después ensamblaron en el mosaico que aparece en el póster.) Cuando llegué al lugar, ellos ya estaban recogiendo los bártulos.
Nick había invertido más de 15 días en organizar la operación, componer la imagen y dirigirla desde el suelo, pero antes de que cayesen las últimas cuerdas, quiso trepar a la secuoya. No para tomar fotos, explicó. «Simplemente para despedirme.» Se puso un arnés y un casco, se enganchó a una cuerda, metió los pies en los estribos, se agarró al dispositivo ascensor y subió.
Cuando Nick hubo descendido, subí yo: despacio, con torpeza, ayudado por Spickler. Al cabo de media hora alcancé la cima del Presidente, a 60 metros de altura. Vi de cerca los grandes nudos, la corteza lisa y violácea de las ramas menores. Todo a mi alrededor era árbol vivo. Miré hacia arriba, con vértigo, y aprecié las finas grietas de la madera seca y los canales de cámbium que discurrían entre el tronco y las ramas como un río de vida. Un lugar maravilloso, pensé. Y añadí: una criatura maravillosa.
Al día siguiente, cuando ya se habían ido Nick y los demás, me calcé las raquetas de nieve y regresé al Presidente. Deseaba contemplarlo de nuevo. Durante unos momentos estuve mirándolo con la boca abierta. Era soberbio. Sereno. Me pregunté cuál sería su historia. Reflexioné sobre su longevidad y su entereza. El día era templado, y el árbol dejó caer de una de sus altas ramas una pella de nieve semiderretida que se deshizo en el aire, desintegrándose en minúsculos cristalitos centelleantes.
«¡Salud!», dije.
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Fotografías de Michael Nichols
Fuente/nationalgeographic.com.es
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